INVESTIGAR EL TEMA, QUE SE ENCUENTRA AL FINAL DEL TEXTO
LA INVESTIGACIÓN EN EL CUADERNO
Poder
político
El poder político es la lógica del ejercicio de
las funciones por parte de las personas que ocupan un cargo representativo dentro del gobierno.
Generalmente, éste influye en el comportamiento, ya sea en pensamiento o en el
actuar de una sociedad.
Es legítimo cuando es elegido conforme a las leyes del
país (constitución). En países democráticos tiene
como sustento la legitimidad otorgada por el pueblo mediante
el voto popular (elecciones), pero se le suele considerar abusivo cuando se
excede en el ejercicio de sus funciones, en materias que están dentro del
ámbito de los otros poderes (intromisión de poderes).
El poder político es ilegítimo cuando utiliza mecanismos no autorizados por
las leyes y
se adueña del poder gubernamental (ejecutivo-legislativo) sin tener la
legitimidad del pueblo, otorgada por el voto popular.
Es tiránico cuando
se obtiene por medio de la fuerza o de manera autoritaria de modo que es un
gobierno ilegítimo.
Manifestaciones del poder
Coacción: Es el medio utilizado para que terceros sigan
una determinada conducta. Puede ser física o psicológica.
Coerción: La coacción dio paso a la coerción que es la
situación donde el tercero realiza el mandato debido a la amenaza del uso de la
violencia, es decir, la potencialidad del uso de esa violencia. Se excluye así
el papel totalmente activo (ordenar y hacer cumplir) reservando a la autoridad
un papel parcialmente activo (sólo ordenar). La coacción se fundamentaba en el
temor de un daño seguro en el caso de incumplir lo ordenado. De esta vertiente
del poder se desarrolló lo que posteriormente se conocieron como delitos contra
la autoridad, es decir, desafiar al poder.
Pero este poder, según los anarquistas clásicos,
hace que se ponga en perspectiva la libertad del individuo, dando como fin la
dominación de este a través de reglas coactivas (derecho) las cuales en vez de
ordenar subordinan.
Legitimación del poder político
Poder sagrado: La primera forma de legitimación utilizada
se basó en la religión y la divinidad. El poderoso ya no lo era sólo
porque podía ejercer violencia o porque tenía un vínculo de temor que le
asegurara esa posición. Ahora el poderoso se instituía como un ser distinto,
superior y ligado a los dioses. El poder de origen divino era incontestable, a
no ser por otro poder de igual estatus o instituido por un dios diferente. A
grandes rasgos este fue el desarrollo esquemático hasta la Revolución francesa.
Poder tribal: Es un poder subordinado. Un ejemplo de este
caso sería el Imperio mongol.
Soberanía nacional: Las ideas que inspiraron la
Revolución francesa y sus resultados negaron que el poder de los monarcas
tuviera origen divino y lograron darle vuelta al esquema señalando que la
fuente del poder no eran las características del poderoso sino únicamente la
voluntad de los súbditos que lo dejaban tener el poder. Esta idea llevó al
convencimiento de que el verdadero poder nacía de la masa de súbditos, el pueblo,
y este debía tener la capacidad de delegar tal poder en quien le placiera y en
las condiciones que considerase más apropiadas y durante el tiempo que creyera
conveniente
INVESTIGAR
Escenificación del poder
político
viernes, 19 de julio de 2019
El
multiculturalismo promueve la diversidad cultural y se opone de este
modo, a la tendencia actual de unificar las formas culturales en estos de
tiempos de globalización. Esta noción ha sido incorporada en los modelos
políticos oficiales de distintas naciones por razones diversas. Se trata de
una ideología según la cual, la sociedad debería permitir a
diferentes grupos culturales convivir en un marco de igualdad. Por último, cabe
señalar que el término multiculturalidad está conformado por el prefijo “multi”
que proviene del latín “multus” o “multa” cuyo significado es “mucho. Por otra
parte, “cultus”, “culta” proviene del participio del verbo “colere” que
significa “cultivar”.
Características de la
multiculturalidad
·Entre las características de la multiculturalidad se destacan las
siguientes:
·Promueve la convivencia en armonía entre las diferentes culturas.
·Acepta y reconoce la presencia de todas las formas culturales sin
renegar de ninguna y dentro de un marco de igualdad.
·Evita los estereotipos y prejuicios que existen en torno las diferentes
formas culturales.
·Promueve la tolerancia y el respeto ante la diversidad cultural.
Si
no existiera la multiculturalidad, todos seríamos iguales, todos tendríamos las
mismas creencias y actuaríamos del mismo modo. Esto limitaría nuestro
crecimiento y desarrollo como seres humanos. La multiculturalidad nos permite
ampliar nuestros horizontes y la forma en que pensamos.
Los
valores multiculturales favorecen una actitud más
abierta en el mundo plural y globalizado de hoy en día.
Cuando el mundo es percibido desde una perspectiva multicultural, es más fácil
abordar los conceptos, eventos o situaciones desde diferentes posiciones. En
este sentido, es más fácil desarrollar habilidades para la resolución de
problemas y de pensamiento crítico. Asimismo, la multiculturalidad nos enseña
que hay más de un punto de vista
valido en cuanto a la percepción de la realidad.
Por
otra parte, ayuda a reforzar la
autoestima en los individuos al reconocer y respetar a
miembros provenientes de diferentes grupos culturales y a consolidar la
identidad cultural propia.
Beneficios
La
multiculturalidad tiene muchos beneficios, entre los cuales se pueden mencionar
los siguientes:
La
diversidad de ideas y creencias provenientes
de diferentes culturas contribuyen a que se fomente el respeto por las mismas.
Nos
permite mezclar las diferentes formas culturales y aprender de cada una de
ellas.
Una
perspectiva multicultural reduce el etnocentrismo y
amplía y enriquece los horizontes, lo cual contribuye al descubrimiento y a la
creación de nuevos conceptos.
Favorece la innovación y la creatividad al ofrecer una
perspectiva más amplia y enriquecida por diferentes formas culturales.
Importancia de la
multiculturalidad
La
multiculturalidad es muy importante ya que favorece
el entendimiento de otras culturas desde una posición de respeto, tolerancia y
libertad. Sin la multiculturalidad, las sociedades solo
conocerían las culturas dominantes y las demás formas culturales quedarían
marginadas.
Gracias
a la multiculturalidad, los miembros de una sociedad
pueden aprender a gestionar y a respetar sus diferencias y a sacar provecho de
las mismas.
Diferencias
entre la multiculturalidad y la interculturalidad
Aunque
la multiculturalidad y la interculturalidad son dos nociones vinculadas entre
sí, existen diferencias entre ambas. La multiculturalidad alude
particularmente a la presencia de diversas formas
culturales mientras que la interculturalidad, hace
referencia a la interacción que tiene lugar
entre grupos pertenecientes a diversas culturas.
Ejemplos
México
Este país posee una gran diversidad cultural desde
diferentes puntos de vista. Por ejemplo, en cuanto al lenguaje, es importante
destacar que México posee 11 familias lingüísticas, según datos de la Comisión
Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. Esta herencia
multicultural indígena y mestiza se ve reflejada tanto en su cocina tradicional
como en sus manifestaciones artísticas.
Chile
En Chile coexisten grupos provenientes de diferentes
etnias indígenas como la mapuche o los atacameños. Además de esto, es un país
que se ha visto enriquecido igualmente con el aporte de inmigrantes. Sin
embargo, es importante destacar también que a diferencia de otros países como
Colombia y Venezuela en los cuales, hubo un gran mestizaje luego del período de
colonización que facilitó la integración de diferentes culturas, en Chile este
proceso de mestizaje no ocurrió en el mismo grado.
Perú
En la cultura peruana se encuentra un excelente ejemplo
de multiculturalidad ya que esta se caracteriza por ser una fusión de múltiples
culturas y está compuesta con influencias de las culturas costeñas, andinas,
aymaras además de los aportes de los inmigrantes originarios de Europa, África
y Asia que han llegado a este país a lo largo de los años. Esta diversidad
cultural se reflejada por ejemplo en su gastronomía, la cual posee elementos
provenientes de distintas formas culturales que la hacen única en el mundo.
Colombia
La constitución colombiana apoya en su constitución de
1991, la inclusión de diferentes comunidades étnicas que forman parte del
acervo cultural del país. En este sentido, se le ha otorgado a estos grupos
étnicos la posibilidad de participar a nivel político. Además, la adopción de
una política de pluralidad y multiculturalidad representa el reconocimiento del
carácter heterogéneo del pueblo colombiano.
Guatemala
En el país guatemalteco, el pueblo maya ha sido
reconocido como grupo étnico y esto ha quedo refrendado en el Acuerdo de
Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas. La legitimización de la cultura
maya constituye un avance puesto que anteriormente las expresiones culturales
mayas eran percibidas de forma despectiva. Desde esta perspectiva, por ejemplo,
las antiguas prácticas mayas de automutilación y de sacrificios humanos no son
satanizadas, sino más bien percibido como elementos culturales que forman parte
de otra construcción social. En ese sentido, la adopción de una política de
multiculturalidad favorece el respeto y el reconocimiento de diversas culturas.
miércoles, 3 de julio de 2019
PRINCIPIOS BÁSICOS DE LA DEMOCRACIA.
1. PRINCIPIO DE LA
SECULARIDAD.
Todo orden social es construido. El orden social no es
natural, por eso son posibles las transformaciones en la sociedad.
La democracia es un invento del ser humano. El ser humano
se inventó la sociedad, por consiguiente ningún orden social es de origen
divino o externo a la voluntad de las personas que lo asumen. Todo orden social
es construido; por lo tanto, todo orden social puede ser transformado por la
misma voluntad de quienes lo constituyeron.
La democracia es una opción de sociedad que expresa una
forma de ver, interpretar y ordenar el mundo en función del respeto por los
Derechos Humanos.
Una sociedad Democrática:
• Acepta que su orden social es construido entre todos.
• Percibe a sus ciudadanos como fuente y como creadores
de ese orden.
• Tiene conciencia de que los ciudadanos pueden modificar
el orden social.
• Convierte los problemas en oportunidades a través del
debate y la deliberación pública entre los ciudadanos.
2. PRINCIPIO DE
AUTOFUNDACIÓN.
La democracia es un orden que se caracteriza porque las
Leyes y las normas son construidas o transformadas por las mismas personas que
las van a vivir, cumplir y proteger.
La democracia es una decisión de la sociedad. La principal
característica de la democracia es que, en ella, las Leyes y las normas son
construidas o transformadas precisamente por las mismas personas que las van a
vivir, cumplir y proteger.
Esto significa que la democracia es el espacio por
excelencia de la libertad, puesto que éste sólo es posible cuando resulta del
mutuo acuerdo de cumplir y respetar aquello que fue producto de una decisión
libre, es decir, de un acuerdo fundado colectiva mente.
Una sociedad empieza a ser libre y autónoma cuando ella
misma es responsable de haberse dado el orden social y político que quiere
vivir, cumplir y proteger para la dignidad de todos.
La democracia es un orden auto fundado: son las mismas
personas que conforman la sociedad quienes deciden el orden que aceptan para
vivir y lo transforma cuando lo considera conveniente. Por eso la democracia
requiere de la participación de todos los miembros de la sociedad.
Este principio es la base de la gobernabilidad, la ética,
la creatividad, la autonomía, la libertad, la participación y la
representatividad. La convivencia democrática empieza cuando la sociedad
aprende a autofundar su orden social.
3. PRINCIPIO DE
INCERTIDUMBRE.
No existe un modelo ideal de democracia que podamos
copiar o imitar: a cada sociedad le toca crear su propio orden democrático. La
democracia es una construcción cotidiana. Como forma de ver, interpretar y
ordenar el mundo, la democracia es una cosmovisión. Las cosmovisiones tienen la
particularidad de que conservándolo todo, lo ordenan todo de otra manera. Nadie,
externo a ella, puede darle a ninguna sociedad su cosmovisión democrática, pues
ésta es una decisión que toma la sociedad. Esta es una decisión que lo afecta
todo, lo pregunta todo: ¿Cómo son las instituciones democráticas? ¿Cómo son las
empresas democráticas? ¿Cómo son las organizaciones democráticas, los partidos
democráticos, las familias democráticas...? La construcción de la democracia
necesariamente afecta a toda la sociedad. Es posible aprender de la experiencia
de otras sociedades, pero a cada sociedad le corresponde construir su propio
orden democrático a partir de su historia, de su conocimiento, de su tradición
y de su memoria; a partir de lo que es, de lo que tiene y de la manera como es
capaz de proyectarse. Puesto que nadie sabe cómo es el orden social perfecto ni
la familia perfecta, ni la institucionalidad perfecta, es necesario trabajar
todos los días en su construcción: en esto consiste el principio de la
incertidumbre.
4. PRINCIPIO
ETICO.
Aunque no existe un modelo ideal de democracia, todo
orden democrático está orientado a hacer posible los Derechos Humanos y a
cuidar y proteger la vida.
La democracia es el proyecto de la dignidad humana. El
`Proyecto de Humanidad contenido en la promulgación de la “Declaración
Universal de los Derechos Humanos” el 10 de diciembre de 1948, constituye el
norte ético del Proyecto Democrático. Un orden social se auto funda democrático
si contribuye a hacer posibles, para todos, los derechos humanos y la vida, es
decir, si se compromete con la Dignidad Humana.
Esto significa que el respeto por los Derechos Humanos no
debe entenderse como norma sino como una manera de vivir y una forma de ser;
como criterios que conducen a elegir siempre lo que le conviene a la vida digna
de todos.
El principio ético propone una pregunta básica ¿Cómo
pueden los Derechos Humanos convertirse en principio ordenador de las
relaciones sociales, de la política, de la economía de la cultura, en pocas
palabras, en principio ordenador de la vida social?
El reto es radical: solo es posible construir la
democracia en una sociedad que se construya a sí misma sobre la lógica de los
Derechos Humanos.
5. PRINCIPIO DE LA
COMPLEJIDAD.
El conflicto, la diversidad y la diferencia son
constitutivos de la convivencia democrática.
La democracia es incluyente de todos los intereses. Para
la democracia, la paz no es la ausencia de conflictos; la paz es el resultado
de una sociedad que es capaz de aceptar reglas para dirimir el conflicto sin
eliminar al otro (ni física, si sociológica, ni psicológicamente), porque en la
democracia no existen los enemigos, existen los opositores; personas que
piensan distinto, que quieren distinto, tienen intereses distintos que pueden
colisionar con los míos, pero con las cuales puedo concertar futuros comunes.
Uno de los instrumentos más poderosos que tiene la
democracia para hacer del conflicto una oportunidad positiva es la
deliberación.
La deliberación se convierte en un valor social, cuando,
frente a un conflicto:
• Las diferentes personas son capaces de poner en juego
sus intereses.
• Pueden expresarlos, sustentarlos y defenderlos con
serenidad y transparencia.
• Buscan convencer a otros de la pertinencia de sus
intereses, pero están dispuestos a dejarse convencer por la prioridad de otros
intereses.
• Aprenden a ceder y a recibir cesiones.
• Y entre todos, a partir de las diferencias, son capaces
de construir bienes colectivos.
La deliberación social es el instrumento de la democracia
para construir los consensos sociales que son la base de la paz.
6. PRINCIPIO DE LO
PÚBLICO.
En la democracia lo público se construye desde la
sociedad civil.
La democracia es para todos. Para la democracia lo
público es aquello que conviene a todos, de la misma manera para su dignidad.
Por tanto lo público es más amplio y rebasa ampliamente
lo estatal, sin que esto signifique desconocer que las instituciones públicas
por excelencia deben ser el Estado y las Leyes, precisamente porque la
fortaleza de lo público proviene de su capacidad de sintetizar y representar
los intereses, contradictorios o no, de todos los secretos de la sociedad.
Este principio es lo más novedoso del discurso
democrático moderno. Solo cuando una sociedad se decide a construir sus
instituciones en función de la dignidad humana, tendrá las instituciones que
necesita para vivir y pervivir. Sólo así existirá unión entre las instituciones
y la conciencia de la sociedad.
La construcción social de lo público requiere pasar del
lenguaje privado al lenguaje colectivo, de los bienes privados a los bienes
colectivos, de las perspectivas privadas o corporativas a las perspectivas de
nación o colectivas. Requiere desarrollar en los ciudadanos formas democráticas
de pensar, sentir y actuar, esto es lo que se conoce como Cultura Democrática.
TAREA: ESQUEMA Y ANÁLISIS POR CADA TEMA
sábado, 1 de junio de 2019
Técnicas para
mejorar nuestra responsabilidad
Para aprender a vivir de manera responsable es necesario que cambiemos nuestra
manera de pensar. En lugar de lamentarnos por nuestras acciones o
circunstancias, debemos preguntarnos por qué suceden y cómo podemos cambiarlas.
Por ejemplo, en lugar de lamentarnos porque la gente abusa de nosotros,
debemos preguntarnos qué conductas realizamos que hacen que la gente crea que
puede abusar de nosotros. En vez de quejarnos de que nadie nos comprende,
debemos preguntar qué hacemos para que a la gente le resulte tan difícil
entendernos.
Otra técnica para aumentar nuestra responsabilidad es la de completar oraciones. Debemos apuntar cada frase en un papel e ir
escribiendo entre cinco y diez finales diferentes, escribiendo lo primero que
nos venga a la cabeza. Una vez hayamos rellenado todo, revisaremos lo que hemos
escrito y reflexionaremos sobre ello. Las frases para este ejercicio son las
siguientes:
·Lo bueno de comportarme como una persona indefensa es…
·Trato de evitar la responsabilidad culpando a…
·Si actuara con más responsabilidad en el trabajo…
·Si actuara con más responsabilidad en mis relaciones…
·Si me hiciera responsable de mis sentimientos…
·Si me hiciera responsable de todas mis acciones…
·Si me hiciera responsable de todo lo que digo…
·Soy más responsable de mi vida cuando…
·Evito la responsabilidad sobre mi vida cuando…
·Cuando soy responsable siento…
·Cuando evito la responsabilidad siento…
Este ejercicio te permitirá ver en qué áreas de tu vida te comportas responsablemente
y en cuáles podrías mejorar. Otro ejercicio para valorar este aspecto es
puntuar del 1 (mínimo) al 10 (máximo) cómo de responsable eres en estos
aspectos de tu vida:
Una vez identificadas las áreas en las que eres menos responsable,
necesitarás saber cómo cambiarlo y puede que creas que no tienes la respuesta.
Sigue utilizando la técnica de completar oraciones y comprobarás que en tu
interior sabías como hacerlo. Si por ejemplo, consideras que eres muy poco
responsable en tu trabajo, completa la oración “Una de las formas en la que
puedo ser más responsable en mi trabajo es…” y escribe entre 5 y 10 finales
para esa frase. Empieza a poner en práctica esos consejos que acabas de
escribir y verás como, poco a poco, empiezas a sentirte más responsable en esa
área y tu autoestima mejora.
Por último, intenta
traducir tus pensamientos a conductas. No basta con decir “Voy a ser más amable
con mi pareja”. Convierte ese pensamiento en conductas concretas: saludarla
todas las mañanas con una sonrisa, quedarse hablando juntos media hora después
de comer, compartir una afición… Joshua Dobbs Womens Jersey
martes, 14 de mayo de 2019
La
sociedad democrática.
La
recta razón reclama que la sociedad libre, democrática justa y en paz, se
asiente en unos valores, derechos y principios, no manipulables, no negociables
y válidos para todos. Lo contrario la pondría en serio peligro. Por eso necesita
de una base antropológica adecuada. La sociedad democrática es posible en un
Estado de derecho, más aún, sobre la base de una recta concepción de la
persona. La persona y su dignidad, el hombre, el ser humano, es la base y el
fin inmediato de todo sistema social y político, especialmente del sistema
democrático que afirma basarse en sus derechos y en el bien común que siempre
debe apoyarse en el bien de la persona y en sus derechos fundamentales e
inalienables. Principio básico para una sociedad democrática es que “todo
hombre es un hombre”.
La
sociedad, y dentro de ella el Estado, está al servicio del hombre, de cada ser
humano, de su defensa y de su dignidad. Los derechos humanos no los crea el
Estado, no son fruto de un consenso democrático, no son concesión de ninguna
ley positiva, ni otorgamiento de un determinado ordenamiento social. Estos
derechos son anteriores e incluso superiores al mismo Estado o a cualquier
ordenamiento jurídico; el Estado y los ordenamientos jurídicos sociales han de
reconocer, respetar y tutelar esos derechos que corresponden al ser humano,
corresponden a su verdad más profunda en la que radica la base de su
realización en libertad. El ser humano, el ciudadano, su desarrollo, su
perfección, su felicidad, su bienestar, son la base y el objetivo de toda
sociedad en convivencia y de todo su ordenamiento jurídico. Cualquier
desviación por parte de los ordenamientos jurídicos, de los sistemas políticos
o de los Estados en este terreno nos coloraría en un grave riesgo de
totalitarismo, incapaz, por lo demás, de lograr una sociedad vertebrada.
El
gran riesgo y el gran enemigo de la democracia es el relativismo. “Existe
actualmente la tentación de fundar la democracia en un relativismo moral que
pretende rechazar toda certeza sobre el sentido de la vida del hombre, su
dignidad, sus derechos y deberes fundamentales. Cuando semejante mentalidad
toma cuerpo, tarde o temprano se produce una crisis moral de las democracias.
Cuando ya no se tienen confianza en el valor mismo de la persona humana, se
pierde de vista lo que constituye la nobleza de la democracia: ésta cede ante
las diversas formas de corrupción y manipulación de sus instituciones” (Juan
Pablo II). Cuando se pierde o sistemáticamente se destruye el sentido del valor
trascendente de la persona humana, o cuando se dejan de lado las exigencias
morales objetivas o la verdad moral, se resiente el fundamento mismo de la
convivencia social y política, toda la vida social se ve poco a poco
comprometida, amenazada y abocada a su desintegración y disolución. Todos nos
sentimos convocados a fortaleces nuestra sociedad y a garantizarle un gran y
esperanzador futuro. Será posible sobre estas bases de recta razón que nos unen
a todos.
DEJAR COMENTARIO Y REALIZAR UN RESUMEN EN SU CUADERNO COMENTARIO ANTES DE LAS 7:00 PM, DEL DÍA JUEVES
En el espacio del diálogo también concurren, además de los
representantes de los poderes político y económico, aquellos sujetos de la
democracia cuya función principal consiste precisamente en la promoción del
pluralismo. Nos referimos a los intelectuales, uno de los sujetos de la
intermediación democrática menos estudiados y cuya importancia resulta central
para el mantenimiento del diálogo democrático. En el análisis de los sujetos de
la intermediación democrática que se expresa a través del diálogo juegan un
papel crucial los partidos políticos y otras organizaciones que no podemos
pasar por alto, pero los intelectuales tienen una responsabilidad ética y
política muy particular como propiciadores de la pluralidad, así como del
consenso y el disenso que acompañan a los procesos de democratización. Para
explorar, así sea brevemente, la relación de los intelectuales con el diálogo,
el pluralismo y la democracia, es necesario hacer una doble distinción: una
referida propiamente a la función que desempeñan los «hombres de razón» en la
democracia, y otra enfocada a caracterizar los procesos social y políticamente
significativos de aceptación o rechazo de un orden determinado. Los
intelectuales pueden ser considerados como propiciadores del pluralismo desde
el momento en que examinan críticamente los símbolos, los valores y, en
general, la cultura cívica que se encuentra en la base de sustentación del
orden social. Dicho de otro modo, los intelectuales son sujetos fundamentales
de la intermediación democrática en la medida en que traducen los intereses que
se encuentran presentes en los movimientos sociales al lenguaje de la decisión,
interpretan tales decisiones para el público y, por lo tanto, mantienen una
separación crítica entre los diferentes actores.
Los intelectuales desempeñan, sobre todo hoy en día, una función
vital en la formación de la denominada «opinión pública».En la medida en que
ejercen el espíritu crítico intervienen de manera directa e indirecta en el
proceso político. En efecto, los intelectuales desempeñan un papel fundamental
en la evaluación de la política. Dicha evaluación se realiza desde diversas
perspectivas y ámbitos de la sociedad civil, ya sea a nivel general o
particular, a través de las universidades, los medios de comunicación, los
partidos políticos o las organizaciones sindicales, por mencionar solamente
algunos de los espacios más representativos. La variedad de posiciones ya es en
sí misma un rasgo positivo, pero si además los intelectuales, dada su condición
de tales, logran expresar de manera tolerante, moderada y racional estas
posiciones, terminan estimulando el debate, el espacio público y la evaluación
que la misma sociedad realiza acerca de la toma de decisiones políticamente
significativas, al tiempo que envían un mensaje a la sociedad sobre la eficacia
del diálogo. Eficacia porque en la medida en que existan canales para
incorporar las demandas de la sociedad civil al ámbito institucional, el
diálogo puede derivar en la gestión y la toma de decisiones vinculantes para la
sociedad. La constitución de cuerpos colegiados representativos hace posible
que las instituciones concreten los productos del diálogo. Esto es muy
importante si consideramos que un régimen representa un conjunto de pautas conocidas,
practicadas y aceptadas regularmente por el conjunto de los participantes en el
proceso político.
La existencia de una pluralidad de sujetos de la intermediación
democrática resulta de fundamental importancia, ya que a través del diálogo se
puede encontrar un equilibrio entre consenso y disenso, entre mayoría y
minoría. Estos procesos de inclusión de la diversidad poseen un carácter
dinámico que resulta vital para el perfeccionamiento de la democracia. Habrá,
por supuesto, momentos de «intercambio favorable» y situaciones en las que
puede imperar algún tipo de «desequilibrio». El riesgo que los distintos
actores deben evitar es que tales desajustes imposibiliten la expresión de las
demandas de los diferentes grupos en conflicto. La democracia privilegia los
momentos de encuentro entre el consenso y el disenso, relacionándolos
directamente con la capacidad del sistema para promover una serie de iniciativas
que respondan eficientemente a las demandas que surgen de la convivencia
social. La generación de expresiones de acuerdo o de discordancia también puede
ser realizada por otros actores sociales de la democracia, entre los que
destacan los grupos de opinión y de representación de los diversos intereses
que conforman la sociedad civil. Sin embargo, resulta interesante señalar que
el ámbito para evaluar en términos de acuerdo o desacuerdo la relación
existente entre la sociedad civil (el lugar de las necesidades y de los
intereses) y el Estado (la sede institucional de las respuestas) está
representado, principalmente, por el proceso electoral, el cual puede ser
considerado como el momento privilegiado --aunque no único-- en el que el
consenso se renueva. Esto es importante dado que una de las condiciones
necesarias para que este consenso sea una expresión vital de la sociedad es que
se pueda renovar periódicamente. La pregunta que deriva de lo anterior es
cuáles son los tipos de disenso y de consenso que pueden resultar
particularmente favorables para la construcción y el fortalecimiento de la
sociedad democrática. Intentemos algunas respuestas.
Nuevos desafíos del diálogo democrático al final
del siglo
Las razones, los equívocos, las esperanzas
Para analizar los nuevos desafíos al diálogo como método de
convivencia, es necesario reflexionar breve mente acerca de la influencia que
sobre la democracia han tenido una serie de acontecimientos que han marcado
irremediablemente el curso de la historia política reciente. Tales
transformaciones han colocado al ejercicio del diálogo como una de las
condiciones fundamentales para profundizar el proceso de democratización en
nuestras sociedades. En efecto, en el actual contexto histórico, el diálogo se
presenta como el método racional por excelencia para solucionar las
controversias que enfrenta la democracia. Cuando hablamos de transformaciones
nos referimos en especial al nuevo contexto generado por la caída del Muro de
Berlín, las repercusiones de la reunificación alemana, la disgregación del
imperio soviético, así como la tragedia yugoslava, entre otros. Dichos sucesos
han representado una transformación radical de la mayoría de las certidumbres
de que disponíamos, imponiéndonos una reinterpretación completa del pasado
reciente. Las «revoluciones democráticas de 1989», en efecto, no sólo marcaron
el final del comunismo histórico, entendido como un particular régimen político
basado en una ideología que pretendía la emancipación humana, sino que también
dieron paso a una serie de tensiones económicas, políticas, sociales y
culturales que han alterado drásticamente los equilibrios tradicionales sobre
los que se había cimentado el heterogéneo conjunto de las democracias
occidentales.Quizás una de las
principales novedades del actual momento radica en que nos enfrentamos a un
horizonte en el que la democracia, con sus limitaciones e imperfecciones, reina
prácticamente sin competencia como la «mejor forma de gobierno». Sin embargo,
una vez muerto el antagonismo histórico que existió entre democracia y
comunismo, nuevos desequilibrios han aparecido en la escena mundial. Algunos de
los desafíos a los que la democracia habrá de dar respuesta tienen que ver con
las tensiones surgidas en diversos ámbitos: desde los problemas representados
por los binomios etnia-nación, público-privado, desarrollo
sustentable-desarrollo ilimitado, hasta aquellos problemas que derivan de las
tensiones entre pluralismo e individualismo y sobre todo entre ética y
política. Estos espacios representan sólo algunos de los ámbitos que tendremos
que considerar durante los próximos años bajo perspectivas originales y donde el
ejercicio del diálogo recupera su utilidad práctica como método de mediación en
el marco de la confrontación democrática.
La política mundial está entrando en una fase inédita en la cual
las grandes divisiones que caracterizaron a la humanidad en términos de
religión, lengua y tradición han aumentado en profundidad y en importancia.
Incluso algunos autores como Samuel Huntington y Ralf Dahrendorf han sostenido
la tesis de que el conflicto social en el futuro será, sobre todo, de tipo
cultural. Como quiera que sea, es claro que los grandes desafíos que enfrenta
la moderna convivencia civil en un ambiente de continuas fragmentaciones y de
conflictos entre culturas sólo podrán encontrar adecuada respuesta si se
reconoce que la democracia representa --a pesar de todo-- un punto de
referencia imprescindible, ya sea sobre el plano de los valores o sobre la
dimensión de las soluciones institucionales posibles. Y es aquí, en estos
ámbitos, en donde la práctica del diálogo, de la tolerancia y del método de la
persuasión aparecen como los únicos comportamientos civiles posibles a través
de los cuales la democracia puede expandirse.La eventual
expansión de la democracia a nuevas regiones del mundo tendría como condición
necesaria la formulación de soluciones alternativas a los principales problemas
de la convivencia que han aparecido en el final del siglo XX.
La fase de cambios que comenzó a desplegarse durante los últimos
años de la década de los ochenta aceleró poderosamente un proceso de
convergencia entre las diferentes formas de organización política hacia una
cultura de la democracia, que asume como irrenunciables tanto el principio de
la libertad entre individuos con iguales derechos, como el método de la
convivencia civil y tolerante a través del coloquio entre las diferentes
partes. Ejemplos de ello los podemos encontrar, con diversos matices, al
analizar los sucesos que provocaron la caída de los autoritarismos, desde
Europa Oriental (Checoeslovaquia y Alemania del Este en particular), hasta
América Latina, _frica y Asia, los cuales han transitado hacia distintas formas
de democracia. La fractura definitiva del llamado socialismo real colocó al
régimen democrático como la única opción duradera en la que la diversidad, que
es característica de las sociedades complejas, pudiese desplegarse en todos los
órdenes. De ahí que el diálogo represente una práctica privilegiada en la
búsqueda de soluciones a las controversias derivadas de la convivencia
pluralista.
Muchas investigaciones recientes han demostrado que en aquellos
países en donde el diálogo forma parte integrante y cotidiana de la cultura
política ha sido posible el establecimiento de democracias con una gran estabilidad.
El ejemplo más claro de esto quizás esté en los estudios del politólogo
holandés Arend Lijphart acerca de las democracias consociativas. Según este
autor, tales democracias se caracterizan, por una parte, por la existencia de
sociedades plurales con profundas divisiones religiosas, étnicas, lingüísticas
e ideológicas, en torno a las cuales se estructura una amplia gama de
organizaciones políticas y sociales y, por otra parte, por la existencia de
élites democráticas dispuestas al diálogo, es decir, a la cooperación y al
acuerdo. Los casos que este autor estudia son, principalmente, Bélgica,
Austria, Luxemburgo, Holanda y Suiza.Es claro, entonces,
que frente al conflicto social moderno un tema que resulta fundamental para el
análisis del futuro de la democracia es el referido justamente a las relaciones
posibles entre la política y la cultura, que analizaremos a continuación.
miércoles, 1 de mayo de 2019
LEER Y ESCRIBIR UN ANÁLISIS DE LOS SIGUIENTES TEMAS
Principios, reglas y valores de la ética en la sociedad: ética y sociedad
Modelos éticos de referencia
Principios, reglas
y valores de la ética en la sociedad: ética y sociedad
Como comenta Guy
Durand, “la reflexión bioética se basa en los hechos y en principios y reglas.
La bioética no quiere principios determinados de forma abstracta y que se
impongan a la realidad de forma autoritaria. Tampoco quiere un sistema de
principios que funcionaran como prohibiciones incuestionables… quiere concluir
en los hechos, pero necesita sin embargo de principios y reglas (Durand, 1992:
41).
Existen dos
principios fundamentales, unánimemente reconocidos, que son complementarios: el
respeto a la vida humana, que pertenece al orden de la objetividad y debe
servir de finalidad a la actuación ética; y el principio de la
autodeterminación de la persona, que remite al dominio de la subjetividad y es
esencial en la ética. Estos dos grandes principios no suprimen las reglas y
normas más concretas y específicas: el precepto de no matar, la noción de
medios proporcionados, el principio de totalidad, el acto de doble efecto, el
consentimiento libre e informado, etc.
Hay que tener en
cuenta asimismo las reglas clásicas específicas de la deontología médica,
como el principio de beneficencia, el principio de benevolencia y la
confidencialidad; y también principios más recientes que influyen en la
consideración bioética: el principio utilitarista de buscar el mayor bien para
el mayor número de personas; el principio de universalización que propone
siempre a la persona como fin y nunca como un medio; el principio de igualdad
en dignidad y valor de todas las personas humanas; el principio de justicia y
equidad, que puede compensar el utilitarismo primando la ayuda a los menos
favorecidos.
Estos principios
designan, por tanto, una orientación fundamental, inspiradora de la acción. Las
reglas están en cambio más cerca de la misma acción, la determinan y enmarcan,
y en definitiva, permiten la aplicación concreta de los principios.
La palabra valor
incluye dos aspectos, la significación y la orientación a la acción, por lo que
también puede utilizarse en relación con los principios, aunque en su acepción
filosófica una moral de valores se opone a una moral de principios. Los valores
pertenecen al orden del bien o del ser, como el valor de la vida, la dignidad
de la persona o la autonomía del hombre como ser libre. El respeto a esos
valores funda los principios éticos de respeto a la vida, prohibición de matar,
autodeterminación, etc. Los principios y reglas -las normas- deben estar al
servicio de los valores y traducirlos en términos operativos.
Como puede verse,
el equilibrio entre todos estos principios y valores no es siempre fácil. En el
ámbito de la bioética nos encontramos frecuentemente con conflictos de
principios y valores que es necesario jerarquizar o regular, en los casos
concretos y a nivel teórico. De cualquier manera, está claro que toda reflexión
bioética de la persona está condicionada por sus propios valores, por sus
opciones y creencias, por la manera de entender al hombre, la vida y la
medicina. Son decisivas las opciones fundamentales sobre el sentido de la vida
humana y su definición, el sentido de la persona, del sufrimiento, de la vejez
y de la muerte, el sentido de la procreación y de la sexualidad, y por
supuesto, el sentido de la misma ética.
En este sentido, es
de enorme interés la actual discusión, especialmente en los Estados Unidos,
sobre si la bioética debe basarse en los principios o en la virtud: en un
sistema normativo basado en principios o en una ética de la virtud personal
(Palazzina, 1992: 59-85). Según esta postura,”frente a una ética científica,
que antepone el conocimiento, y la ética profesional que dicta los límites
deontológicos sin establecer el contenido humano como único fundamento del acto
médico, hay que levantar la ética del médico: hacer cuanto pueda y sepa para el
bien del enfermo… supeditando el método científico al acto médico… entendido
como compromiso interpersonal” (AAVV, 1989). También se está poniendo de
relieve, en definitiva, la importancia de la actitud ética del médico y la
formación de su propia conciencia, que puede llevar a su realización como
persona y como científico, o a su destrucción desde el punto de vista moral
(Sonnenfeld, 1991). Ambas posiciones no son excluyentes y depende también su
relación del modelo ético que se tenga.
Modelos éticos de referencia
Aunque la bioética trata siempre de
permanecer cerca de las situaciones concretas, las teorías éticas están
siempre presentes en las discusiones y en las soluciones que se apunten.
Podemos distinguir cuatro teorías
principales:
a) La ética ontologista. Existe una
moral objetiva, una bondad y una malicia intrínseca; es decir, que hay actos
siempre y en sí mismos aceptables y otros, al contrario, condenables,
cualquiera que sea la situación. Por tanto, la rectitud moral no es subjetiva
ni situacional, ni arbitrariamente fijada por el hombre o por Dios: el bien
existe en las propias cosas. Existen principios que se imponen al hombre como
absolutos.
b) La ética
utilitarista. El núcleo de la moralidad -para esta corriente- se
encuentra en la maximización de la felicidad y la minimización de la miseria y
del sufrimiento. Una acción es buena si tiende a este fin y mala si se aleja de
él. Por tanto, la moralidad depende de las circunstancias, de la situación. En
definitiva, el fin justifica los medios. Algunos autores toman en consideración
sólo el propio interés personal como fin; otros tienen una visión más
altruista, con el principio utilitarismo de “el mayor bien para el mayor número
de gente”, de modo que se vean las ventajas e inconvenientes y se escoja la que
más ventajas aporte a todas las personas implicadas en la acción.
c) El deontologismo. Se opone a las
anteriores teorías. Un acto es moral, no porque sea bueno en sí o porque sea
útil, sino porque es correcto; la rectitud le viene de la voluntad, pues el
bien se impone como un deber, un imperativo. Dentro de esta corriente, unos
siguen a Kant, fijando grandes principios universales inevitables, y otros
aceptan reglas, pero con excepciones en algunas circunstancias. Para otros,
finalmente, sólo cuenta la evaluación del acto en la situación singular y única
que le rodea.
d) La ética
personalista. Podemos reunir en esta corriente todos los esfuerzos
que se han hecho para evitar el utilitarismo y el deontologismo, sin volver por
ello exclusivamente a la escuela ontologista o, al menos, tratando de evitar
sus excesos, o de conciliar objetividad y subjetividad en una ética de los
valores. Esto se ha llevado a cabo desde diversas posiciones, algunas fuera de
todo apoyo en una ontología, y otras basadas en la metafísica del ser. Se
trata de dar importancia al sujeto, a la persona, no en oposición pero sí en
preeminencia frente a una ley objetiva que se impondría desde fuera. A esta
corriente se debe la importancia que se da desde hace algunos años a los
derechos fundamentales de la persona, con un interés manifiesto por las
declaraciones de derechos, incluidos los de los enfermos, y la insistencia en
unos determinados principios bioéticos. Estos principios son, en breve resumen,
una concepción personalista de la corporeidad humana, el valor fundamental de
la vida física, el principio de totalidad o terapéutico, el de la libertad y
responsabilidad, y el principio de socialidad o subsidiariedad (Sgreccia &
Notarfonso, 1992: 123-129).
Más allá de las perspectivas de fondo, pueden
encontrarse semejanzas entre algunas de estas teorías en lo que se refiere a
la reflexión bioética concreta, y los límites entre ellas a veces no están tan
claros.
De todas maneras, la aplicación de esas teorías
da lugar, de hecho, a unos diferentes
modelos éticos de referencia práctica, con muy desiguales
consecuencias y jerarquía de valores a la hora de evaluar cualquiera de las
cuestiones debatidas y, sobre todo, a la hora de enfrentarse con las dos
cuestiones fundamentales de la bioética, que antes mencionábamos: el respeto a
la dignidad de la vida humana y la defensa de la libertad de la persona. Al
menos podemos mencionar cuatro: el modelo liberal radical, el
pragmático-utilitarista, el modelo sociobiológico y el personalista (Sgraccia
& Notarfonso, 1992: 119-123; Ruiz Retegui, 1987: 12-14).
a) El modelo liberal-radical.
La referencia última y suprema del juicio
ético es la libertad: es lícito lo que es libremente querido, libremente
aceptado y no daña la libertad de los demás. Así, respecto a la ingeniería
genética, se sostiene la “libertad de investigación”: el investigador debe ser
objetivo en la evaluación de los resultados y no debe tener ninguna regla ética
más.
Se advierten bien las conclusiones de este
modelo en la vida cotidiana: la liberalización del aborto, la elección del sexo
de los hijos, el cambio de sexo por parte del que lo desee, la libre actuación
en la fecundación “in vitro”, la libertad de decidir el momento de la propia
muerte, etc.
En este modelo no se profundiza
suficientemente en la verdad de la libertad humana. En el fondo, se defiende
“la libertad para algunos, solamente para los que pueden hacerla valer … se
trata de una libertad de los vínculos y no de una libertad para un proyecto de
vida y de sociedad que se justifique por su finalidad. Se trata, en otras
palabras, de una libertad sin responsabilidad” (Bonete, 1995).
Desde un punto de vista estrictamente ético,
en la jerarquía de los valores, la vida antecede a la libertad: todo acto
libre, lo es de un hombre que actúa libremente. Sin vida humana, no es posible
ser libre.
b) El modelo pragmático-utilitarista.
En el terreno de la bioética, este modelo se
basa en la teoría de la praxis y una justificación del utilitarismo social. Es
una posición bastante difundida en algunos centros y comités de bioética. El
entendimiento humano no puede llegar a alcanzar ninguna verdad de tipo absoluto
y, por tanto, tampoco puede definirse una moral válida para todos y para todos
los tiempos. Es necesario recurrir a una moral “comedida”, pragmática: la moral
del cálculo de la utilidad evaluable, de la relación entre costo y beneficio.
Ese cálculo, imprescindible en cualquier
intervención médica, por ejemplo, se aplica también entre el valor de la vida
humana y los valores económicos, sociales o simplemente de progreso científico,
de forma que se puede llegar a un utilitarismo extremo de corte pragmático. El
criterio de la utilidad no puede ser nunca el último en bioética: siempre debe
considerarse la utilidad respecto a quién o a qué, es decir, respecto a la
finalidad del propio acto médico, que es la salud de una persona enferma. El fín
lo marca de modo último la propia persona enferma.
c) El modelo sociobiológico.Según este modelo, la vida y la sociedad
están sujetas a la evolución biológica y sociológica, y los valores morales
deben también modificarse de modo evolutivo. El motor es el “egoismo biológico”
que da lugar al derecho y la moral, como expresiones culturales. Desde esta
perspectiva, el único valor ético es el que permite mantener el equilibrio
evolutivo del ecosistema, en continuo progreso. Todo lo que esté a favor de ese
progreso, está bien, y lo que comprometa el equilibrio, está mal.
Es preciso, sin embargo, que el progreso haga
referencia a un valor que lo haga auténtico, por el que pueda medirse. Además,
el hombre está rodeado de hechos y valores que le acompañan siempre y a los que
debe encontrar significado, por encima de las variaciones culturales o de
costumbres: la muerte, el dolor, la verdad, la solidaridad y finalmente, su
propia libertad.
d) El modelo
personalista. En el panorama cultural actual, la concepción
personalista es la que mantiene el primado y la intangibilidad de la persona
humana, considerada como valor supremo, punto de referencia, fin y no medio.
Dentro de las diversas posiciones, la que pensamos más fundamentada es la que
remite la persona al ser: la persona humana “es digna” porque “es más”. Sólo a
partir de este fundamento es posible construir una bioética plenamente
respetuosa con la dignidad última de la persona humana. Esta dignidad es la que
exige el máximo respeto y una efectiva tutela, en el terreno de la bioética,
desde el momento de la concepción al de la muerte natural, y siempre que se
muestre necesitada de ayuda.
Según nuestro parecer, esta concepción
responde más plenamente al propio ser del hombre, y explica mejor la relación
existente entre dignidad de la persona y libertad, no como valores divergentes
sino complementarios. Lo explicaremos de modo más detallado a continuación.