LEER Y ESCRIBIR UN ANÁLISIS DE LOS SIGUIENTES TEMAS
- Principios, reglas y valores de la ética en la sociedad: ética y sociedad
- Modelos éticos de referencia
Principios, reglas
y valores de la ética en la sociedad: ética y sociedad
Como comenta Guy
Durand, “la reflexión bioética se basa en los hechos y en principios y reglas.
La bioética no quiere principios determinados de forma abstracta y que se
impongan a la realidad de forma autoritaria. Tampoco quiere un sistema de
principios que funcionaran como prohibiciones incuestionables… quiere concluir
en los hechos, pero necesita sin embargo de principios y reglas (Durand, 1992:
41).
Existen dos
principios fundamentales, unánimemente reconocidos, que son complementarios: el
respeto a la vida humana, que pertenece al orden de la objetividad y debe
servir de finalidad a la actuación ética; y el principio de la
autodeterminación de la persona, que remite al dominio de la subjetividad y es
esencial en la ética. Estos dos grandes principios no suprimen las reglas y
normas más concretas y específicas: el precepto de no matar, la noción de
medios proporcionados, el principio de totalidad, el acto de doble efecto, el
consentimiento libre e informado, etc.
Hay que tener en
cuenta asimismo las reglas clásicas específicas de la deontología médica,
como el principio de beneficencia, el principio de benevolencia y la
confidencialidad; y también principios más recientes que influyen en la
consideración bioética: el principio utilitarista de buscar el mayor bien para
el mayor número de personas; el principio de universalización que propone
siempre a la persona como fin y nunca como un medio; el principio de igualdad
en dignidad y valor de todas las personas humanas; el principio de justicia y
equidad, que puede compensar el utilitarismo primando la ayuda a los menos
favorecidos.
Estos principios
designan, por tanto, una orientación fundamental, inspiradora de la acción. Las
reglas están en cambio más cerca de la misma acción, la determinan y enmarcan,
y en definitiva, permiten la aplicación concreta de los principios.
La palabra valor
incluye dos aspectos, la significación y la orientación a la acción, por lo que
también puede utilizarse en relación con los principios, aunque en su acepción
filosófica una moral de valores se opone a una moral de principios. Los valores
pertenecen al orden del bien o del ser, como el valor de la vida, la dignidad
de la persona o la autonomía del hombre como ser libre. El respeto a esos
valores funda los principios éticos de respeto a la vida, prohibición de matar,
autodeterminación, etc. Los principios y reglas -las normas- deben estar al
servicio de los valores y traducirlos en términos operativos.
Como puede verse,
el equilibrio entre todos estos principios y valores no es siempre fácil. En el
ámbito de la bioética nos encontramos frecuentemente con conflictos de
principios y valores que es necesario jerarquizar o regular, en los casos
concretos y a nivel teórico. De cualquier manera, está claro que toda reflexión
bioética de la persona está condicionada por sus propios valores, por sus
opciones y creencias, por la manera de entender al hombre, la vida y la
medicina. Son decisivas las opciones fundamentales sobre el sentido de la vida
humana y su definición, el sentido de la persona, del sufrimiento, de la vejez
y de la muerte, el sentido de la procreación y de la sexualidad, y por
supuesto, el sentido de la misma ética.
En este sentido, es
de enorme interés la actual discusión, especialmente en los Estados Unidos,
sobre si la bioética debe basarse en los principios o en la virtud: en un
sistema normativo basado en principios o en una ética de la virtud personal
(Palazzina, 1992: 59-85). Según esta postura,”frente a una ética científica,
que antepone el conocimiento, y la ética profesional que dicta los límites
deontológicos sin establecer el contenido humano como único fundamento del acto
médico, hay que levantar la ética del médico: hacer cuanto pueda y sepa para el
bien del enfermo… supeditando el método científico al acto médico… entendido
como compromiso interpersonal” (AAVV, 1989). También se está poniendo de
relieve, en definitiva, la importancia de la actitud ética del médico y la
formación de su propia conciencia, que puede llevar a su realización como
persona y como científico, o a su destrucción desde el punto de vista moral
(Sonnenfeld, 1991). Ambas posiciones no son excluyentes y depende también su
relación del modelo ético que se tenga.
Modelos éticos de referencia
Aunque la bioética trata siempre de
permanecer cerca de las situaciones concretas, las teorías éticas están
siempre presentes en las discusiones y en las soluciones que se apunten.
Podemos distinguir cuatro teorías
principales:
a) La ética ontologista. Existe una
moral objetiva, una bondad y una malicia intrínseca; es decir, que hay actos
siempre y en sí mismos aceptables y otros, al contrario, condenables,
cualquiera que sea la situación. Por tanto, la rectitud moral no es subjetiva
ni situacional, ni arbitrariamente fijada por el hombre o por Dios: el bien
existe en las propias cosas. Existen principios que se imponen al hombre como
absolutos.
b) La ética
utilitarista. El núcleo de la moralidad -para esta corriente- se
encuentra en la maximización de la felicidad y la minimización de la miseria y
del sufrimiento. Una acción es buena si tiende a este fin y mala si se aleja de
él. Por tanto, la moralidad depende de las circunstancias, de la situación. En
definitiva, el fin justifica los medios. Algunos autores toman en consideración
sólo el propio interés personal como fin; otros tienen una visión más
altruista, con el principio utilitarismo de “el mayor bien para el mayor número
de gente”, de modo que se vean las ventajas e inconvenientes y se escoja la que
más ventajas aporte a todas las personas implicadas en la acción.
c) El deontologismo. Se opone a las
anteriores teorías. Un acto es moral, no porque sea bueno en sí o porque sea
útil, sino porque es correcto; la rectitud le viene de la voluntad, pues el
bien se impone como un deber, un imperativo. Dentro de esta corriente, unos
siguen a Kant, fijando grandes principios universales inevitables, y otros
aceptan reglas, pero con excepciones en algunas circunstancias. Para otros,
finalmente, sólo cuenta la evaluación del acto en la situación singular y única
que le rodea.
d) La ética
personalista. Podemos reunir en esta corriente todos los esfuerzos
que se han hecho para evitar el utilitarismo y el deontologismo, sin volver por
ello exclusivamente a la escuela ontologista o, al menos, tratando de evitar
sus excesos, o de conciliar objetividad y subjetividad en una ética de los
valores. Esto se ha llevado a cabo desde diversas posiciones, algunas fuera de
todo apoyo en una ontología, y otras basadas en la metafísica del ser. Se
trata de dar importancia al sujeto, a la persona, no en oposición pero sí en
preeminencia frente a una ley objetiva que se impondría desde fuera. A esta
corriente se debe la importancia que se da desde hace algunos años a los
derechos fundamentales de la persona, con un interés manifiesto por las
declaraciones de derechos, incluidos los de los enfermos, y la insistencia en
unos determinados principios bioéticos. Estos principios son, en breve resumen,
una concepción personalista de la corporeidad humana, el valor fundamental de
la vida física, el principio de totalidad o terapéutico, el de la libertad y
responsabilidad, y el principio de socialidad o subsidiariedad (Sgreccia &
Notarfonso, 1992: 123-129).
Más allá de las perspectivas de fondo, pueden
encontrarse semejanzas entre algunas de estas teorías en lo que se refiere a
la reflexión bioética concreta, y los límites entre ellas a veces no están tan
claros.
De todas maneras, la aplicación de esas teorías
da lugar, de hecho, a unos diferentes
modelos éticos de referencia práctica, con muy desiguales
consecuencias y jerarquía de valores a la hora de evaluar cualquiera de las
cuestiones debatidas y, sobre todo, a la hora de enfrentarse con las dos
cuestiones fundamentales de la bioética, que antes mencionábamos: el respeto a
la dignidad de la vida humana y la defensa de la libertad de la persona. Al
menos podemos mencionar cuatro: el modelo liberal radical, el
pragmático-utilitarista, el modelo sociobiológico y el personalista (Sgraccia
& Notarfonso, 1992: 119-123; Ruiz Retegui, 1987: 12-14).
a) El modelo liberal-radical.
La referencia última y suprema del juicio
ético es la libertad: es lícito lo que es libremente querido, libremente
aceptado y no daña la libertad de los demás. Así, respecto a la ingeniería
genética, se sostiene la “libertad de investigación”: el investigador debe ser
objetivo en la evaluación de los resultados y no debe tener ninguna regla ética
más.
Se advierten bien las conclusiones de este
modelo en la vida cotidiana: la liberalización del aborto, la elección del sexo
de los hijos, el cambio de sexo por parte del que lo desee, la libre actuación
en la fecundación “in vitro”, la libertad de decidir el momento de la propia
muerte, etc.
En este modelo no se profundiza
suficientemente en la verdad de la libertad humana. En el fondo, se defiende
“la libertad para algunos, solamente para los que pueden hacerla valer … se
trata de una libertad de los vínculos y no de una libertad para un proyecto de
vida y de sociedad que se justifique por su finalidad. Se trata, en otras
palabras, de una libertad sin responsabilidad” (Bonete, 1995).
Desde un punto de vista estrictamente ético,
en la jerarquía de los valores, la vida antecede a la libertad: todo acto
libre, lo es de un hombre que actúa libremente. Sin vida humana, no es posible
ser libre.
b) El modelo pragmático-utilitarista.
En el terreno de la bioética, este modelo se
basa en la teoría de la praxis y una justificación del utilitarismo social. Es
una posición bastante difundida en algunos centros y comités de bioética. El
entendimiento humano no puede llegar a alcanzar ninguna verdad de tipo absoluto
y, por tanto, tampoco puede definirse una moral válida para todos y para todos
los tiempos. Es necesario recurrir a una moral “comedida”, pragmática: la moral
del cálculo de la utilidad evaluable, de la relación entre costo y beneficio.
Ese cálculo, imprescindible en cualquier
intervención médica, por ejemplo, se aplica también entre el valor de la vida
humana y los valores económicos, sociales o simplemente de progreso científico,
de forma que se puede llegar a un utilitarismo extremo de corte pragmático. El
criterio de la utilidad no puede ser nunca el último en bioética: siempre debe
considerarse la utilidad respecto a quién o a qué, es decir, respecto a la
finalidad del propio acto médico, que es la salud de una persona enferma. El fín
lo marca de modo último la propia persona enferma.
c) El modelo sociobiológico. Según este modelo, la vida y la sociedad
están sujetas a la evolución biológica y sociológica, y los valores morales
deben también modificarse de modo evolutivo. El motor es el “egoismo biológico”
que da lugar al derecho y la moral, como expresiones culturales. Desde esta
perspectiva, el único valor ético es el que permite mantener el equilibrio
evolutivo del ecosistema, en continuo progreso. Todo lo que esté a favor de ese
progreso, está bien, y lo que comprometa el equilibrio, está mal.
Es preciso, sin embargo, que el progreso haga
referencia a un valor que lo haga auténtico, por el que pueda medirse. Además,
el hombre está rodeado de hechos y valores que le acompañan siempre y a los que
debe encontrar significado, por encima de las variaciones culturales o de
costumbres: la muerte, el dolor, la verdad, la solidaridad y finalmente, su
propia libertad.
d) El modelo
personalista. En el panorama cultural actual, la concepción
personalista es la que mantiene el primado y la intangibilidad de la persona
humana, considerada como valor supremo, punto de referencia, fin y no medio.
Dentro de las diversas posiciones, la que pensamos más fundamentada es la que
remite la persona al ser: la persona humana “es digna” porque “es más”. Sólo a
partir de este fundamento es posible construir una bioética plenamente
respetuosa con la dignidad última de la persona humana. Esta dignidad es la que
exige el máximo respeto y una efectiva tutela, en el terreno de la bioética,
desde el momento de la concepción al de la muerte natural, y siempre que se
muestre necesitada de ayuda.
Según nuestro parecer, esta concepción
responde más plenamente al propio ser del hombre, y explica mejor la relación
existente entre dignidad de la persona y libertad, no como valores divergentes
sino complementarios. Lo explicaremos de modo más detallado a continuación.
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