martes, 14 de mayo de 2019


La sociedad democrática.

La recta razón reclama que la sociedad libre, democrática justa y en paz, se asiente en unos valores, derechos y principios, no manipulables, no negociables y válidos para todos. Lo contrario la pondría en serio peligro. Por eso necesita de una base antropológica adecuada. La sociedad democrática es posible en un Estado de derecho, más aún, sobre la base de una recta concepción de la persona. La persona y su dignidad, el hombre, el ser humano, es la base y el fin inmediato de todo sistema social y político, especialmente del sistema democrático que afirma basarse en sus derechos y en el bien común que siempre debe apoyarse en el bien de la persona y en sus derechos fundamentales e inalienables. Principio básico para una sociedad democrática es que “todo hombre es un hombre”.

La sociedad, y dentro de ella el Estado, está al servicio del hombre, de cada ser humano, de su defensa y de su dignidad. Los derechos humanos no los crea el Estado, no son fruto de un consenso democrático, no son concesión de ninguna ley positiva, ni otorgamiento de un determinado ordenamiento social. Estos derechos son anteriores e incluso superiores al mismo Estado o a cualquier ordenamiento jurídico; el Estado y los ordenamientos jurídicos sociales han de reconocer, respetar y tutelar esos derechos que corresponden al ser humano, corresponden a su verdad más profunda en la que radica la base de su realización en libertad. El ser humano, el ciudadano, su desarrollo, su perfección, su felicidad, su bienestar, son la base y el objetivo de toda sociedad en convivencia y de todo su ordenamiento jurídico. Cualquier desviación por parte de los ordenamientos jurídicos, de los sistemas políticos o de los Estados en este terreno nos coloraría en un grave riesgo de totalitarismo, incapaz, por lo demás, de lograr una sociedad vertebrada.

El gran riesgo y el gran enemigo de la democracia es el relativismo. “Existe actualmente la tentación de fundar la democracia en un relativismo moral que pretende rechazar toda certeza sobre el sentido de la vida del hombre, su dignidad, sus derechos y deberes fundamentales. Cuando semejante mentalidad toma cuerpo, tarde o temprano se produce una crisis moral de las democracias. Cuando ya no se tienen confianza en el valor mismo de la persona humana, se pierde de vista lo que constituye la nobleza de la democracia: ésta cede ante las diversas formas de corrupción y manipulación de sus instituciones” (Juan Pablo II). Cuando se pierde o sistemáticamente se destruye el sentido del valor trascendente de la persona humana, o cuando se dejan de lado las exigencias morales objetivas o la verdad moral, se resiente el fundamento mismo de la convivencia social y política, toda la vida social se ve poco a poco comprometida, amenazada y abocada a su desintegración y disolución. Todos nos sentimos convocados a fortaleces nuestra sociedad y a garantizarle un gran y esperanzador futuro. Será posible sobre estas bases de recta razón que nos unen a todos.
           

DEJAR COMENTARIO Y REALIZAR UN RESUMEN EN SU CUADERNO 

COMENTARIO ANTES DE LAS 7:00 PM, DEL DÍA JUEVES 

martes, 7 de mayo de 2019

Utilización del diálogo como ejercicio fundamental en la construcción de la ciudadanía en una sociedad democrática.


Los sujetos de la intermediación democrática
Los propiciadores de la pluralidad
En el espacio del diálogo también concurren, además de los representantes de los poderes político y económico, aquellos sujetos de la democracia cuya función principal consiste precisamente en la promoción del pluralismo. Nos referimos a los intelectuales, uno de los sujetos de la intermediación democrática menos estudiados y cuya importancia resulta central para el mantenimiento del diálogo democrático. En el análisis de los sujetos de la intermediación democrática que se expresa a través del diálogo juegan un papel crucial los partidos políticos y otras organizaciones que no podemos pasar por alto, pero los intelectuales tienen una responsabilidad ética y política muy particular como propiciadores de la pluralidad, así como del consenso y el disenso que acompañan a los procesos de democratización. Para explorar, así sea brevemente, la relación de los intelectuales con el diálogo, el pluralismo y la democracia, es necesario hacer una doble distinción: una referida propiamente a la función que desempeñan los «hombres de razón» en la democracia, y otra enfocada a caracterizar los procesos social y políticamente significativos de aceptación o rechazo de un orden determinado. Los intelectuales pueden ser considerados como propiciadores del pluralismo desde el momento en que examinan críticamente los símbolos, los valores y, en general, la cultura cívica que se encuentra en la base de sustentación del orden social. Dicho de otro modo, los intelectuales son sujetos fundamentales de la intermediación democrática en la medida en que traducen los intereses que se encuentran presentes en los movimientos sociales al lenguaje de la decisión, interpretan tales decisiones para el público y, por lo tanto, mantienen una separación crítica entre los diferentes actores.
Los intelectuales desempeñan, sobre todo hoy en día, una función vital en la formación de la denominada «opinión pública».En la medida en que ejercen el espíritu crítico intervienen de manera directa e indirecta en el proceso político. En efecto, los intelectuales desempeñan un papel fundamental en la evaluación de la política. Dicha evaluación se realiza desde diversas perspectivas y ámbitos de la sociedad civil, ya sea a nivel general o particular, a través de las universidades, los medios de comunicación, los partidos políticos o las organizaciones sindicales, por mencionar solamente algunos de los espacios más representativos. La variedad de posiciones ya es en sí misma un rasgo positivo, pero si además los intelectuales, dada su condición de tales, logran expresar de manera tolerante, moderada y racional estas posiciones, terminan estimulando el debate, el espacio público y la evaluación que la misma sociedad realiza acerca de la toma de decisiones políticamente significativas, al tiempo que envían un mensaje a la sociedad sobre la eficacia del diálogo. Eficacia porque en la medida en que existan canales para incorporar las demandas de la sociedad civil al ámbito institucional, el diálogo puede derivar en la gestión y la toma de decisiones vinculantes para la sociedad. La constitución de cuerpos colegiados representativos hace posible que las instituciones concreten los productos del diálogo. Esto es muy importante si consideramos que un régimen representa un conjunto de pautas conocidas, practicadas y aceptadas regularmente por el conjunto de los participantes en el proceso político.
La existencia de una pluralidad de sujetos de la intermediación democrática resulta de fundamental importancia, ya que a través del diálogo se puede encontrar un equilibrio entre consenso y disenso, entre mayoría y minoría. Estos procesos de inclusión de la diversidad poseen un carácter dinámico que resulta vital para el perfeccionamiento de la democracia. Habrá, por supuesto, momentos de «intercambio favorable» y situaciones en las que puede imperar algún tipo de «desequilibrio». El riesgo que los distintos actores deben evitar es que tales desajustes imposibiliten la expresión de las demandas de los diferentes grupos en conflicto. La democracia privilegia los momentos de encuentro entre el consenso y el disenso, relacionándolos directamente con la capacidad del sistema para promover una serie de iniciativas que respondan eficientemente a las demandas que surgen de la convivencia social. La generación de expresiones de acuerdo o de discordancia también puede ser realizada por otros actores sociales de la democracia, entre los que destacan los grupos de opinión y de representación de los diversos intereses que conforman la sociedad civil. Sin embargo, resulta interesante señalar que el ámbito para evaluar en términos de acuerdo o desacuerdo la relación existente entre la sociedad civil (el lugar de las necesidades y de los intereses) y el Estado (la sede institucional de las respuestas) está representado, principalmente, por el proceso electoral, el cual puede ser considerado como el momento privilegiado --aunque no único-- en el que el consenso se renueva. Esto es importante dado que una de las condiciones necesarias para que este consenso sea una expresión vital de la sociedad es que se pueda renovar periódicamente. La pregunta que deriva de lo anterior es cuáles son los tipos de disenso y de consenso que pueden resultar particularmente favorables para la construcción y el fortalecimiento de la sociedad democrática. Intentemos algunas respuestas.

Nuevos desafíos del diálogo democrático al final del siglo
Las razones, los equívocos, las esperanzas
Para analizar los nuevos desafíos al diálogo como método de convivencia, es necesario reflexionar breve mente acerca de la influencia que sobre la democracia han tenido una serie de acontecimientos que han marcado irremediablemente el curso de la historia política reciente. Tales transformaciones han colocado al ejercicio del diálogo como una de las condiciones fundamentales para profundizar el proceso de democratización en nuestras sociedades. En efecto, en el actual contexto histórico, el diálogo se presenta como el método racional por excelencia para solucionar las controversias que enfrenta la democracia. Cuando hablamos de transformaciones nos referimos en especial al nuevo contexto generado por la caída del Muro de Berlín, las repercusiones de la reunificación alemana, la disgregación del imperio soviético, así como la tragedia yugoslava, entre otros. Dichos sucesos han representado una transformación radical de la mayoría de las certidumbres de que disponíamos, imponiéndonos una reinterpretación completa del pasado reciente. Las «revoluciones democráticas de 1989», en efecto, no sólo marcaron el final del comunismo histórico, entendido como un particular régimen político basado en una ideología que pretendía la emancipación humana, sino que también dieron paso a una serie de tensiones económicas, políticas, sociales y culturales que han alterado drásticamente los equilibrios tradicionales sobre los que se había cimentado el heterogéneo conjunto de las democracias occidentales. Quizás una de las principales novedades del actual momento radica en que nos enfrentamos a un horizonte en el que la democracia, con sus limitaciones e imperfecciones, reina prácticamente sin competencia como la «mejor forma de gobierno». Sin embargo, una vez muerto el antagonismo histórico que existió entre democracia y comunismo, nuevos desequilibrios han aparecido en la escena mundial. Algunos de los desafíos a los que la democracia habrá de dar respuesta tienen que ver con las tensiones surgidas en diversos ámbitos: desde los problemas representados por los binomios etnia-nación, público-privado, desarrollo sustentable-desarrollo ilimitado, hasta aquellos problemas que derivan de las tensiones entre pluralismo e individualismo y sobre todo entre ética y política. Estos espacios representan sólo algunos de los ámbitos que tendremos que considerar durante los próximos años bajo perspectivas originales y donde el ejercicio del diálogo recupera su utilidad práctica como método de mediación en el marco de la confrontación democrática.
La política mundial está entrando en una fase inédita en la cual las grandes divisiones que caracterizaron a la humanidad en términos de religión, lengua y tradición han aumentado en profundidad y en importancia. Incluso algunos autores como Samuel Huntington y Ralf Dahrendorf han sostenido la tesis de que el conflicto social en el futuro será, sobre todo, de tipo cultural. Como quiera que sea, es claro que los grandes desafíos que enfrenta la moderna convivencia civil en un ambiente de continuas fragmentaciones y de conflictos entre culturas sólo podrán encontrar adecuada respuesta si se reconoce que la democracia representa --a pesar de todo-- un punto de referencia imprescindible, ya sea sobre el plano de los valores o sobre la dimensión de las soluciones institucionales posibles. Y es aquí, en estos ámbitos, en donde la práctica del diálogo, de la tolerancia y del método de la persuasión aparecen como los únicos comportamientos civiles posibles a través de los cuales la democracia puede expandirse. La eventual expansión de la democracia a nuevas regiones del mundo tendría como condición necesaria la formulación de soluciones alternativas a los principales problemas de la convivencia que han aparecido en el final del siglo XX.
La fase de cambios que comenzó a desplegarse durante los últimos años de la década de los ochenta aceleró poderosamente un proceso de convergencia entre las diferentes formas de organización política hacia una cultura de la democracia, que asume como irrenunciables tanto el principio de la libertad entre individuos con iguales derechos, como el método de la convivencia civil y tolerante a través del coloquio entre las diferentes partes. Ejemplos de ello los podemos encontrar, con diversos matices, al analizar los sucesos que provocaron la caída de los autoritarismos, desde Europa Oriental (Checoeslovaquia y Alemania del Este en particular), hasta América Latina, _frica y Asia, los cuales han transitado hacia distintas formas de democracia. La fractura definitiva del llamado socialismo real colocó al régimen democrático como la única opción duradera en la que la diversidad, que es característica de las sociedades complejas, pudiese desplegarse en todos los órdenes. De ahí que el diálogo represente una práctica privilegiada en la búsqueda de soluciones a las controversias derivadas de la convivencia pluralista.
Muchas investigaciones recientes han demostrado que en aquellos países en donde el diálogo forma parte integrante y cotidiana de la cultura política ha sido posible el establecimiento de democracias con una gran estabilidad. El ejemplo más claro de esto quizás esté en los estudios del politólogo holandés Arend Lijphart acerca de las democracias consociativas. Según este autor, tales democracias se caracterizan, por una parte, por la existencia de sociedades plurales con profundas divisiones religiosas, étnicas, lingüísticas e ideológicas, en torno a las cuales se estructura una amplia gama de organizaciones políticas y sociales y, por otra parte, por la existencia de élites democráticas dispuestas al diálogo, es decir, a la cooperación y al acuerdo. Los casos que este autor estudia son, principalmente, Bélgica, Austria, Luxemburgo, Holanda y Suiza. Es claro, entonces, que frente al conflicto social moderno un tema que resulta fundamental para el análisis del futuro de la democracia es el referido justamente a las relaciones posibles entre la política y la cultura, que analizaremos a continuación.


miércoles, 1 de mayo de 2019




LEER Y ESCRIBIR UN ANÁLISIS DE LOS SIGUIENTES TEMAS 



  • Principios, reglas y valores de la ética en la sociedad: ética y sociedad
  • Modelos éticos de referencia





Principios, reglas y valores de la ética en la sociedad: ética y sociedad

Como comenta Guy Durand, “la reflexión bioética se basa en los hechos y en principios y reglas. La bioética no quiere principios determinados de forma abstracta y que se impongan a la realidad de forma autoritaria. Tampoco quiere un sistema de principios que funcionaran como prohibiciones incuestionables… quiere concluir en los hechos, pero necesita sin embargo de principios y reglas (Durand, 1992: 41).
Existen dos principios fundamentales, unánimemente reconocidos, que son complementarios: el respeto a la vida humana, que pertenece al orden de la objetividad y debe servir de finalidad a la actuación ética; y el principio de la autodeterminación de la persona, que remite al dominio de la subjetividad y es esencial en la ética. Estos dos grandes principios no suprimen las reglas y normas más concretas y especí­ficas: el precepto de no matar, la noción de medios proporcionados, el principio de totalidad, el acto de doble efecto, el consentimiento libre e informado, etc.

Hay que tener en cuenta asimismo las reglas clásicas especí­ficas de la deontologí­a médica, como el principio de beneficencia, el principio de benevolencia y la confidencialidad; y también principios más recientes que influyen en la consideración bioética: el principio utilitarista de buscar el mayor bien para el mayor número de personas; el principio de universalización que propone siempre a la persona como fin y nunca como un medio; el principio de igualdad en dignidad y valor de todas las personas humanas; el principio de justicia y equidad, que puede compensar el utilitarismo primando la ayuda a los menos favorecidos.
Estos principios designan, por tanto, una orientación fundamental, inspiradora de la acción. Las reglas están en cambio más cerca de la misma acción, la determinan y enmarcan, y en definitiva, permiten la aplicación concreta de los principios.

La palabra valor incluye dos aspectos, la significación y la orientación a la acción, por lo que también puede utilizarse en relación con los principios, aunque en su acepción filosófica una moral de valores se opone a una moral de principios. Los valores pertenecen al orden del bien o del ser, como el valor de la vida, la dignidad de la persona o la autonomí­a del hombre como ser libre. El respeto a esos valores funda los principios éticos de respeto a la vida, prohibición de matar, autodeterminación, etc. Los principios y reglas -las normas- deben estar al servicio de los valores y traducirlos en términos operativos.

Como puede verse, el equilibrio entre todos estos principios y valores no es siempre fácil. En el ámbito de la bioética nos encontramos frecuentemente con conflictos de principios y valores que es necesario jerarquizar o regular, en los casos concretos y a nivel teórico. De cualquier manera, está claro que toda reflexión bioética de la persona está condicionada por sus propios valores, por sus opciones y creencias, por la manera de entender al hombre, la vida y la medicina. Son decisivas las opciones fundamentales sobre el sentido de la vida humana y su definición, el sentido de la persona, del sufrimiento, de la vejez y de la muerte, el sentido de la procreación y de la sexualidad, y por supuesto, el sentido de la misma ética.

En este sentido, es de enorme interés la actual discusión, especialmente en los Estados Unidos, sobre si la bioética debe basarse en los principios o en la virtud: en un sistema normativo basado en principios o en una ética de la virtud personal (Palazzina, 1992: 59-85). Según esta postura,”frente a una ética cientí­fica, que antepone el conocimiento, y la ética profesional que dicta los lí­mites deontológicos sin establecer el contenido humano como único fundamento del acto médico, hay que levantar la ética del médico: hacer cuanto pueda y sepa para el bien del enfermo… supeditando el método cientí­fico al acto médico… entendido como compromiso interpersonal” (AAVV, 1989). También se está poniendo de relieve, en definitiva, la importancia de la actitud ética del médico y la formación de su propia conciencia, que puede llevar a su realización como persona y como cientí­fico, o a su destrucción desde el punto de vista moral (Sonnenfeld, 1991). Ambas posiciones no son excluyentes y depende también su relación del modelo ético que se tenga.


Modelos éticos de referencia
Aunque la bioética trata siempre de permanecer cerca de las situaciones concretas, las teorí­as éticas están siempre presentes en las discusiones y en las soluciones que se apunten.
Podemos distinguir cuatro teorí­as principales:
a) La ética ontologista. Existe una moral objetiva, una bondad y una malicia intrí­nseca; es decir, que hay actos siempre y en sí­ mismos aceptables y otros, al contrario, condenables, cualquiera que sea la situación. Por tanto, la rectitud moral no es subjetiva ni situacional, ni arbitrariamente fijada por el hombre o por Dios: el bien existe en las propias cosas. Existen principios que se imponen al hombre como absolutos.
b) La ética utilitarista. El núcleo de la moralidad -para esta corriente- se encuentra en la maximización de la felicidad y la minimización de la miseria y del sufrimiento. Una acción es buena si tiende a este fin y mala si se aleja de él. Por tanto, la moralidad depende de las circunstancias, de la situación. En definitiva, el fin justifica los medios. Algunos autores toman en consideración sólo el propio interés personal como fin; otros tienen una visión más altruista, con el principio utilitarismo de “el mayor bien para el mayor número de gente”, de modo que se vean las ventajas e inconvenientes y se escoja la que más ventajas aporte a todas las personas implicadas en la acción.
c) El deontologismo. Se opone a las anteriores teorías. Un acto es moral, no porque sea bueno en sí­ o porque sea útil, sino porque es correcto; la rectitud le viene de la voluntad, pues el bien se impone como un deber, un imperativo. Dentro de esta corriente, unos siguen a Kant, fijando grandes principios universales inevitables, y otros aceptan reglas, pero con excepciones en algunas circunstancias. Para otros, finalmente, sólo cuenta la evaluación del acto en la situación singular y única que le rodea.
d) La ética personalista. Podemos reunir en esta corriente todos los esfuerzos que se han hecho para evitar el utilitarismo y el deontologismo, sin volver por ello exclusivamente a la escuela ontologista o, al menos, tratando de evitar sus excesos, o de conciliar objetividad y subjetividad en una ética de los valores. Esto se ha llevado a cabo desde diversas posiciones, algunas fuera de todo apoyo en una ontologí­a, y otras basadas en la metafí­sica del ser. Se trata de dar importancia al sujeto, a la persona, no en oposición pero sí­ en preeminencia frente a una ley objetiva que se impondrí­a desde fuera. A esta corriente se debe la importancia que se da desde hace algunos años a los derechos fundamentales de la persona, con un interés manifiesto por las declaraciones de derechos, incluidos los de los enfermos, y la insistencia en unos determinados principios bioéticos. Estos principios son, en breve resumen, una concepción personalista de la corporeidad humana, el valor fundamental de la vida fí­sica, el principio de totalidad o terapéutico, el de la libertad y responsabilidad, y el principio de socialidad o subsidiariedad (Sgreccia & Notarfonso, 1992: 123-129).
Más allá de las perspectivas de fondo, pueden encontrarse semejanzas entre algunas de estas teorí­as en lo que se refiere a la reflexión bioética concreta, y los lí­mites entre ellas a veces no están tan claros.

De todas maneras, la aplicación de esas teorí­as da lugar, de hecho, a unos diferentes modelos éticos de referencia práctica, con muy desiguales consecuencias y jerarquí­a de valores a la hora de evaluar cualquiera de las cuestiones debatidas y, sobre todo, a la hora de enfrentarse con las dos cuestiones fundamentales de la bioética, que antes mencionábamos: el respeto a la dignidad de la vida humana y la defensa de la libertad de la persona. Al menos podemos mencionar cuatro: el modelo liberal radical, el pragmático-utilitarista, el modelo sociobiológico y el personalista (Sgraccia & Notarfonso, 1992: 119-123; Ruiz Retegui, 1987: 12-14).
 a) El modelo liberal-radical.
La referencia última y suprema del juicio ético es la libertad: es lí­cito lo que es libremente querido, libremente aceptado y no daña la libertad de los demás. Así­, respecto a la ingenierí­a genética, se sostiene la “libertad de investigación”: el investigador debe ser objetivo en la evaluación de los resultados y no debe tener ninguna regla ética más.
Se advierten bien las conclusiones de este modelo en la vida cotidiana: la liberalización del aborto, la elección del sexo de los hijos, el cambio de sexo por parte del que lo desee, la libre actuación en la fecundación “in vitro”, la libertad de decidir el momento de la propia muerte, etc.
En este modelo no se profundiza suficientemente en la verdad de la libertad humana. En el fondo, se defiende “la libertad para algunos, solamente para los que pueden hacerla valer … se trata de una libertad de los ví­nculos y no de una libertad para un proyecto de vida y de sociedad que se justifique por su finalidad. Se trata, en otras palabras, de una libertad sin responsabilidad” (Bonete, 1995).
Desde un punto de vista estrictamente ético, en la jerarquí­a de los valores, la vida antecede a la libertad: todo acto libre, lo es de un hombre que actúa libremente. Sin vida humana, no es posible ser libre.
b) El modelo pragmático-utilitarista.
En el terreno de la bioética, este modelo se basa en la teoría de la praxis y una justificación del utilitarismo social. Es una posición bastante difundida en algunos centros y comités de bioética. El entendimiento humano no puede llegar a alcanzar ninguna verdad de tipo absoluto y, por tanto, tampoco puede definirse una moral válida para todos y para todos los tiempos. Es necesario recurrir a una moral “comedida”, pragmática: la moral del cálculo de la utilidad evaluable, de la relación entre costo y beneficio.
Ese cálculo, imprescindible en cualquier intervención médica, por ejemplo, se aplica también entre el valor de la vida humana y los valores económicos, sociales o simplemente de progreso cientí­fico, de forma que se puede llegar a un utilitarismo extremo de corte pragmático. El criterio de la utilidad no puede ser nunca el último en bioética: siempre debe considerarse la utilidad respecto a quién o a qué, es decir, respecto a la finalidad del propio acto médico, que es la salud de una persona enferma. El fí­n lo marca de modo último la propia persona enferma.
c) El modelo sociobiológico. Según este modelo, la vida y la sociedad están sujetas a la evolución biológica y sociológica, y los valores morales deben también modificarse de modo evolutivo. El motor es el “egoismo biológico” que da lugar al derecho y la moral, como expresiones culturales. Desde esta perspectiva, el único valor ético es el que permite mantener el equilibrio evolutivo del ecosistema, en continuo progreso. Todo lo que esté a favor de ese progreso, está bien, y lo que comprometa el equilibrio, está mal.
Es preciso, sin embargo, que el progreso haga referencia a un valor que lo haga auténtico, por el que pueda medirse. Además, el hombre está rodeado de hechos y valores que le acompañan siempre y a los que debe encontrar significado, por encima de las variaciones culturales o de costumbres: la muerte, el dolor, la verdad, la solidaridad y finalmente, su propia libertad.
d) El modelo personalistaEn el panorama cultural actual, la concepción personalista es la que mantiene el primado y la intangibilidad de la persona humana, considerada como valor supremo, punto de referencia, fin y no medio. Dentro de las diversas posiciones, la que pensamos más fundamentada es la que remite la persona al ser: la persona humana “es digna” porque “es más”. Sólo a partir de este fundamento es posible construir una bioética plenamente respetuosa con la dignidad última de la persona humana. Esta dignidad es la que exige el máximo respeto y una efectiva tutela, en el terreno de la bioética, desde el momento de la concepción al de la muerte natural, y siempre que se muestre necesitada de ayuda.
Según nuestro parecer, esta concepción responde más plenamente al propio ser del hombre, y explica mejor la relación existente entre dignidad de la persona y libertad, no como valores divergentes sino complementarios. Lo explicaremos de modo más detallado a continuación.





Dejar comentario del vídeo