Los sujetos de la intermediación democrática
Los propiciadores de la pluralidad
En el espacio del diálogo también concurren, además de los
representantes de los poderes político y económico, aquellos sujetos de la
democracia cuya función principal consiste precisamente en la promoción del
pluralismo. Nos referimos a los intelectuales, uno de los sujetos de la
intermediación democrática menos estudiados y cuya importancia resulta central
para el mantenimiento del diálogo democrático. En el análisis de los sujetos de
la intermediación democrática que se expresa a través del diálogo juegan un
papel crucial los partidos políticos y otras organizaciones que no podemos
pasar por alto, pero los intelectuales tienen una responsabilidad ética y
política muy particular como propiciadores de la pluralidad, así como del
consenso y el disenso que acompañan a los procesos de democratización. Para
explorar, así sea brevemente, la relación de los intelectuales con el diálogo,
el pluralismo y la democracia, es necesario hacer una doble distinción: una
referida propiamente a la función que desempeñan los «hombres de razón» en la
democracia, y otra enfocada a caracterizar los procesos social y políticamente
significativos de aceptación o rechazo de un orden determinado. Los
intelectuales pueden ser considerados como propiciadores del pluralismo desde
el momento en que examinan críticamente los símbolos, los valores y, en
general, la cultura cívica que se encuentra en la base de sustentación del
orden social. Dicho de otro modo, los intelectuales son sujetos fundamentales
de la intermediación democrática en la medida en que traducen los intereses que
se encuentran presentes en los movimientos sociales al lenguaje de la decisión,
interpretan tales decisiones para el público y, por lo tanto, mantienen una
separación crítica entre los diferentes actores.
Los intelectuales desempeñan, sobre todo hoy en día, una función
vital en la formación de la denominada «opinión pública».En la medida en que
ejercen el espíritu crítico intervienen de manera directa e indirecta en el
proceso político. En efecto, los intelectuales desempeñan un papel fundamental
en la evaluación de la política. Dicha evaluación se realiza desde diversas
perspectivas y ámbitos de la sociedad civil, ya sea a nivel general o
particular, a través de las universidades, los medios de comunicación, los
partidos políticos o las organizaciones sindicales, por mencionar solamente
algunos de los espacios más representativos. La variedad de posiciones ya es en
sí misma un rasgo positivo, pero si además los intelectuales, dada su condición
de tales, logran expresar de manera tolerante, moderada y racional estas
posiciones, terminan estimulando el debate, el espacio público y la evaluación
que la misma sociedad realiza acerca de la toma de decisiones políticamente
significativas, al tiempo que envían un mensaje a la sociedad sobre la eficacia
del diálogo. Eficacia porque en la medida en que existan canales para
incorporar las demandas de la sociedad civil al ámbito institucional, el
diálogo puede derivar en la gestión y la toma de decisiones vinculantes para la
sociedad. La constitución de cuerpos colegiados representativos hace posible
que las instituciones concreten los productos del diálogo. Esto es muy
importante si consideramos que un régimen representa un conjunto de pautas conocidas,
practicadas y aceptadas regularmente por el conjunto de los participantes en el
proceso político.
La existencia de una pluralidad de sujetos de la intermediación
democrática resulta de fundamental importancia, ya que a través del diálogo se
puede encontrar un equilibrio entre consenso y disenso, entre mayoría y
minoría. Estos procesos de inclusión de la diversidad poseen un carácter
dinámico que resulta vital para el perfeccionamiento de la democracia. Habrá,
por supuesto, momentos de «intercambio favorable» y situaciones en las que
puede imperar algún tipo de «desequilibrio». El riesgo que los distintos
actores deben evitar es que tales desajustes imposibiliten la expresión de las
demandas de los diferentes grupos en conflicto. La democracia privilegia los
momentos de encuentro entre el consenso y el disenso, relacionándolos
directamente con la capacidad del sistema para promover una serie de iniciativas
que respondan eficientemente a las demandas que surgen de la convivencia
social. La generación de expresiones de acuerdo o de discordancia también puede
ser realizada por otros actores sociales de la democracia, entre los que
destacan los grupos de opinión y de representación de los diversos intereses
que conforman la sociedad civil. Sin embargo, resulta interesante señalar que
el ámbito para evaluar en términos de acuerdo o desacuerdo la relación
existente entre la sociedad civil (el lugar de las necesidades y de los
intereses) y el Estado (la sede institucional de las respuestas) está
representado, principalmente, por el proceso electoral, el cual puede ser
considerado como el momento privilegiado --aunque no único-- en el que el
consenso se renueva. Esto es importante dado que una de las condiciones
necesarias para que este consenso sea una expresión vital de la sociedad es que
se pueda renovar periódicamente. La pregunta que deriva de lo anterior es
cuáles son los tipos de disenso y de consenso que pueden resultar
particularmente favorables para la construcción y el fortalecimiento de la
sociedad democrática. Intentemos algunas respuestas.
Nuevos desafíos del diálogo democrático al final
del siglo
Las razones, los equívocos, las esperanzas
Para analizar los nuevos desafíos al diálogo como método de
convivencia, es necesario reflexionar breve mente acerca de la influencia que
sobre la democracia han tenido una serie de acontecimientos que han marcado
irremediablemente el curso de la historia política reciente. Tales
transformaciones han colocado al ejercicio del diálogo como una de las
condiciones fundamentales para profundizar el proceso de democratización en
nuestras sociedades. En efecto, en el actual contexto histórico, el diálogo se
presenta como el método racional por excelencia para solucionar las
controversias que enfrenta la democracia. Cuando hablamos de transformaciones
nos referimos en especial al nuevo contexto generado por la caída del Muro de
Berlín, las repercusiones de la reunificación alemana, la disgregación del
imperio soviético, así como la tragedia yugoslava, entre otros. Dichos sucesos
han representado una transformación radical de la mayoría de las certidumbres
de que disponíamos, imponiéndonos una reinterpretación completa del pasado
reciente. Las «revoluciones democráticas de 1989», en efecto, no sólo marcaron
el final del comunismo histórico, entendido como un particular régimen político
basado en una ideología que pretendía la emancipación humana, sino que también
dieron paso a una serie de tensiones económicas, políticas, sociales y
culturales que han alterado drásticamente los equilibrios tradicionales sobre
los que se había cimentado el heterogéneo conjunto de las democracias
occidentales. Quizás una de las
principales novedades del actual momento radica en que nos enfrentamos a un
horizonte en el que la democracia, con sus limitaciones e imperfecciones, reina
prácticamente sin competencia como la «mejor forma de gobierno». Sin embargo,
una vez muerto el antagonismo histórico que existió entre democracia y
comunismo, nuevos desequilibrios han aparecido en la escena mundial. Algunos de
los desafíos a los que la democracia habrá de dar respuesta tienen que ver con
las tensiones surgidas en diversos ámbitos: desde los problemas representados
por los binomios etnia-nación, público-privado, desarrollo
sustentable-desarrollo ilimitado, hasta aquellos problemas que derivan de las
tensiones entre pluralismo e individualismo y sobre todo entre ética y
política. Estos espacios representan sólo algunos de los ámbitos que tendremos
que considerar durante los próximos años bajo perspectivas originales y donde el
ejercicio del diálogo recupera su utilidad práctica como método de mediación en
el marco de la confrontación democrática.
La política mundial está entrando en una fase inédita en la cual
las grandes divisiones que caracterizaron a la humanidad en términos de
religión, lengua y tradición han aumentado en profundidad y en importancia.
Incluso algunos autores como Samuel Huntington y Ralf Dahrendorf han sostenido
la tesis de que el conflicto social en el futuro será, sobre todo, de tipo
cultural. Como quiera que sea, es claro que los grandes desafíos que enfrenta
la moderna convivencia civil en un ambiente de continuas fragmentaciones y de
conflictos entre culturas sólo podrán encontrar adecuada respuesta si se
reconoce que la democracia representa --a pesar de todo-- un punto de
referencia imprescindible, ya sea sobre el plano de los valores o sobre la
dimensión de las soluciones institucionales posibles. Y es aquí, en estos
ámbitos, en donde la práctica del diálogo, de la tolerancia y del método de la
persuasión aparecen como los únicos comportamientos civiles posibles a través
de los cuales la democracia puede expandirse. La eventual
expansión de la democracia a nuevas regiones del mundo tendría como condición
necesaria la formulación de soluciones alternativas a los principales problemas
de la convivencia que han aparecido en el final del siglo XX.
La fase de cambios que comenzó a desplegarse durante los últimos
años de la década de los ochenta aceleró poderosamente un proceso de
convergencia entre las diferentes formas de organización política hacia una
cultura de la democracia, que asume como irrenunciables tanto el principio de
la libertad entre individuos con iguales derechos, como el método de la
convivencia civil y tolerante a través del coloquio entre las diferentes
partes. Ejemplos de ello los podemos encontrar, con diversos matices, al
analizar los sucesos que provocaron la caída de los autoritarismos, desde
Europa Oriental (Checoeslovaquia y Alemania del Este en particular), hasta
América Latina, _frica y Asia, los cuales han transitado hacia distintas formas
de democracia. La fractura definitiva del llamado socialismo real colocó al
régimen democrático como la única opción duradera en la que la diversidad, que
es característica de las sociedades complejas, pudiese desplegarse en todos los
órdenes. De ahí que el diálogo represente una práctica privilegiada en la
búsqueda de soluciones a las controversias derivadas de la convivencia
pluralista.
Muchas investigaciones recientes han demostrado que en aquellos
países en donde el diálogo forma parte integrante y cotidiana de la cultura
política ha sido posible el establecimiento de democracias con una gran estabilidad.
El ejemplo más claro de esto quizás esté en los estudios del politólogo
holandés Arend Lijphart acerca de las democracias consociativas. Según este
autor, tales democracias se caracterizan, por una parte, por la existencia de
sociedades plurales con profundas divisiones religiosas, étnicas, lingüísticas
e ideológicas, en torno a las cuales se estructura una amplia gama de
organizaciones políticas y sociales y, por otra parte, por la existencia de
élites democráticas dispuestas al diálogo, es decir, a la cooperación y al
acuerdo. Los casos que este autor estudia son, principalmente, Bélgica,
Austria, Luxemburgo, Holanda y Suiza. Es claro, entonces,
que frente al conflicto social moderno un tema que resulta fundamental para el
análisis del futuro de la democracia es el referido justamente a las relaciones
posibles entre la política y la cultura, que analizaremos a continuación.
Desde mi punto de vista la democracia es un conjunto de reglas que están basadas en la etiét y que forman a los ciudadanos de una forma justa en la sociedad
ResponderEliminarPara mi punto de vista la democracia es una gama amplia de organizaciones políticas y sociales para la existencia Democrática de élites dispuestas a un diálogo.
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